Por Bolívar Lucio
A plena luz del día el lugar parece haber desaparecido. No sé si la entrada podrá estar en cualquiera de esas calles que terminan en un portón vigilado, puede ser; tengo la impresión de que en el valle todo es más grande de lo que aparenta su fachada exterior. Debe ser lo mismo con las historias que por fuera parecen más grandes; pero lo único cierto es que no pueden repetirse, si lo hicieran bastaría que se ordenaran las piezas de la misma manera y entonces la reunión en la plaza, la excusa para vernos al otro día, el fracaso que se veía venir al buscar información en una oficina y que nos llevó al café de la cuadra, daría el mismo resultado.
No puedo ver la fachada de nuestra historia, aunque cuando tomo la carretera que lleva a la ciudad, detengo la mirada en donde supongo está ese barrio caro que reconozco como un punto, en tiempo y espacio, en el que nunca estuve más lejos ni extrañé tanto. Sin fallar, paso de largo, y como no me da nada, olvido que escogí un lugar para mis supuestos y al día siguiente escojo otro, o el mismo sin que recuerde ya lo había escogido, ni que me confirme si en realidad el barrio está ahí, talvez porque no me hace falta estar lejos de donde nunca llegué, ni puedo extrañar lo que no tuve.
Fueron tres días sin dormir y lo que captaron mis sentidos empezaba a ser distinto. Percibía los sonidos como se escucha, flotando en una piscina, la voz de alguien hablando desde la orilla. Entendía las palabras, su significado e intención, pero venían de lejos, aletargadas. Eso y nada más, era la conversación del mundo que me había expulsado; pero ese paso de cortejo, hizo que se le prestara atención, sin detenerme en detalles, pero tratando de penetrarla. Esa voz, desde la orilla repitió tres veces: “¿Estás bien?”. No contesté. Comprendía la pregunta y para ella había un, “Sí, bien”, pero me interesaba escuchar la pregunta de nuevo, tres sílabas, como un balón rebotando en cámara lenta.
“Bien, sólo un poco cansado”, dije cuando llegamos y caminé a la entrada de la casa. Recordé que había abierto la ventana del auto porque me alcanzaron un cigarrillo encendido, enésimo del día, que fumé con la misma avidez del primero, sin parar, sin descanso, calada tras calada, hasta que tiré la colilla a la carretera, me subí la capucha del buzo que usaba y me dormí unos minutos, sin pensar en el aire que entraba a través de la ventana abierta, olvidando a dónde me llevaban. “¿Dónde mierda…?”.
–¿En dónde estamos María Antonia? –pregunté.
–Es la fiesta de cumpleaños de una ex compañera de la universidad. Y me llamo Daniela, amigo.
Tal vez sí me hacía falta dormir un poco.
Flanqueé un corredor, había cuadros originales y esculturas de la Colonia. Luces cenitales, pintura malva en el techo, después, una puerta de cristal y madera, abierta a una terraza. Ese paisaje, contraste en el país de contrastes. Fuera, junto a las veredas, había autos parqueados, nuevos, veloces, prescindibles, de los que se cambian cuando se estrellan a cien kilómetros por hora en la carretera que lleva al valle. En las casas vecinas, más luz de la que hacía falta en todas las ventanas, no tenían cerramiento y cualquiera podría entrar pisoteando los cuidados jardines. “Mierda”, dije para mis adentros, “yo que no tengo miramientos de clase”.
Cecilia apareció.
–¿Qué haces aquí? –esperaba esa pregunta.
–No sé.
–¿Cómo llegaste, cómo así…?
–No sé.
Tan claro que no pertenecía al lugar. La noche anterior me había acostado a las cinco de la mañana, a las siete me topé con que no tenía agua caliente, así que me puse una camiseta, los jeans del día anterior y me cepillé los dientes antes de salir, y esa noche me rodeaban bodoques de camisa y pantalones de vestir, hembras, deliciosas y fútiles, en blusas escotadas, zapatos de tacón, jeans de cadera. Nada, un trago. Hay que reconocer que se tratan bien. En la fiesta había un barman de chaleco y corbatín, calvo y fornido, con manos enormes, la derecha enrojecida porque con ella sacaba cubetas de una hielera azul. Me sentí como un esquizofrénico hablándole a un barman imaginario. Sobre la mesa, ron nicaragüense y vodka finlandés.
–¿Señor?
–Vodka tonic.
Había bebido la noche anterior y toda la mañana en una reunión; sentía el mal sueño y el alcohol, pero el vodka tonic era excelente. Una chica, amiga de alguien que conocía, cuyo nombre no puedo recordar, me miró, preguntó, “¿Eso es vodka?”, “Sí”. Me quitó el vaso de la mano y se echó un trago largo. “Si pido uno para mí sola, me emborracho”. La suya era ya una borrachera bien avanzada, de modo que la precaución me pareció, sobre todo, entretenida. A zancadas de ebrios, atravesamos todas las formalidades de las presentaciones, enterándonos, para olvidarlo enseguida, de la vida del otro. Me dijo su nombre, contó lo que hacía y cosas por el estilo; pero supe que sería la mujer de la noche cuando interrumpió la conversación para decir.
–Lo que le hace falta a esta fiesta es un porro.
–Vamos –le dije.
Nos sentamos en la mesa que abandonaron unos profesores universitarios y su séquito. Habían dejado dos botellas de vino tinto, abiertas y apenas empezadas. Mi estómago pensó en la caja y media de vino que consumimos en la mañana. “Me quedo con el vodka”, concluí. Al final, esa noche conversé muy poco porque mi nueva amiga dijo, como hablándose a sí mismo en voz alta: “Soy una experta”. Sacaba de su cartera una cajita de metal y de ella la bolsa de marihuana y los papeles de enrollar. “Pero, tiene que ser con filtro. Yo fumo con filtro”. Me pidió que arrancase una tirita de cartón de una cajetilla de cigarrillos, se la alcancé. Su virtuosidad y vasta experiencia, duraron treinta segundos más. Baboseó el papel hasta inutilizarlo y regó toda la hierba que había sacado.
–Presta –le dije.
–Pero yo fumo con filtro.
Vi desaparecer el porro encendido entre un grupo de oportunistas, sólo le había dado unas caladas.
–¿Armo otro? –pregunté a la dueña de la hierba.
–Otro, otro pues –contestó.
Mi nueva amiga desapareció. Me quedé fumando solo hasta que un nuevo grupo de oportunistas, llegó atraído por el aroma. Yo, volaba. Pensaba en que hace un mes me había soltado la mala noticia a quemarropa (otro tipo, un viaje, la despedida) y en que, en ese momento, todo estaba lejos de preocuparme. Era un perfecto extraño, un extraño borracho, en una fiesta de antifaces (además eso: el esnobismo y las fiestas temáticas). No debo ser injusto, hasta entonces, mala noticia por delante, la había pasado bien. De hecho, tenía mi propio antifaz. No era la notable máscara de carnaval veneciano de otros concurrentes, pero tenía el decoro y la gracia de la creación artesanal: Daniela me la hizo en diez minutos, con tijeras, cartulina blanca y esferográfico azul, con el que garabateó que, a fin de cuentas, nada bueno puede durar más que dos peces de hielo en un whisky on the rocks.
El lugar se fue llenando de gente. Qué cara habré tenido. Recuerdo que, de casualidad, me encontré con Randy, hermosa sonrisa, peinada con el pelo estirado hacia atrás y sujetado en un moño alto; detrás de su antifaz burdeos parecía una integrante del Ballet de Moscú. Debimos encontrarnos esa mañana en la reunión, pero Randy faltó. De repente estaba ahí, me habían contado de ella, sin hacerle favor como lo comprobaba. Sin que ella atinara a reaccionar, le pasé una mano por el pelo. Abrió los ojos, creo que intentó leer lo que tenía escrito mi antifaz y pasó a preguntarme detalles sobre el encuentro que, desde luego, no supe dar. Un tipo, su novio, estupefacto por mi arresto, intentó hacer algún comentario reivindicativo cuando le estreché –sin preocuparme por devolverle el comentario– la mano falsa.
Seguí encontrando caras conocidas. En un momento de la noche, luego de horas de tortura reggaetonera (bien usufructuadas dicho sea de paso), pusieron salsa. Vi a la ex de un amigo sentada en el bordillo de una jardinera. Me había sacado el antifaz, pero mis ojos enrojecidos y vidriosos no debieron ser menos llamativos. Quise pensar que esa gente no sabe bailar. Yo tampoco, es cierto, pero al menos le pongo alma. Mi pobre amigo pasó un mes consumiéndose en sus propias cenizas por la mujer con quien bailaba. No tiene la culpa, Gabriela tiene dientes diminutos y la boca pequeña; pero olía bien, con la mano muy baja sobre su espalda ajusté el abrazo para asir la línea de su cintura. No le dije ni media palabra y ella no se animó a preguntar nada. La piel abrigada, recuperando el aliento cada vez que dejábamos de dar vueltas, forzando la resistencia con pasos rápidos, la sensualidad, su pelo claro golpeándome la cara, otra vez esa mirada directa, callados, también la música, otra vez reggaetón.
–Oye, gracias.
–Sólo a ti –contesté.
Busqué otro trago y salí de la casa. Apoyé el vaso sobre el capó de un auto. La silueta oscura de las lomas bajas del valle, contrastaba con el resplandor de la ciudad, “¿María Antonia?”. Recordé que me contó de ese punto, a medio camino entre las montañas y la bahía, desde dónde se puede ver todo el valle de Palma. “Desde arriba, Mallorca parece la cabeza de un caballo”, había dicho esa mañana sentada frente al escritorio en mi estudio. Dibujó el perfil de su isla con mi pluma, sobre un cuaderno. La soledad del viento, el silencio de los espantapájaros, sólo eso y nada más.
Lo que quedaba de vodka gorgoteó al escabullirse entre los hielos. Entré.
Dentro el panorama –excepto el impecable barman que seguía preparando tragos–, había cambiado. El descanso de las escaleras que conectaban a la terraza con el jardín, era el escenario improvisado de un travesti que cantaba una canción de Gloria Gaynor. Cuando terminó de cantar, se encargó de la premiación de los antifaces. En la final, los antifaces del carnaval de Venecia y el de Daniela (su antifaz era idéntico al mío, excepto por la inscripción). Ganó, por supuesto. Botella de tequila el premio.
–Ese don de gente. Tan tuyo –Daniela se rió a carcajadas y se tomó a pico el primer trago. Luego me alargó la botella.
–Salud ¿Ya te vas?
–Cuando se acabe la botella –Se rió otra vez. Como me conoce, me quitó la botella y se perdió entre la gente.
Cecilia me dio un aventón de regreso a la ciudad. Nunca supe dónde estuve ni cómo llegué. Iba para el cuarto día sin dormir. Ahora estaba en el fondo de la piscina. Cecilia me esperaba. De ella volví a escuchar la misma pregunta: “¿Estás bien?”. Dije que no tengo miramientos de clase, pero como había encontrado la puerta del baño atrancada, de salida oriné en los faros posteriores de un auto deportivo blanco.
Podría preguntar a los amigos que esa noche estaban o a la amiga que me hizo el favor de llevarme a casa, pero ni siquiera frente al lugar sería capaz de reconocer o, si lo reconociera, de recordar mi recuerdo; así que no digo nada y ahora que debo tomar la carretera que lleva a la ciudad para ir al trabajo y la misma para volver a casa, solo sigo suponiendo que un lugar es otro y lo que hay detrás de las, a veces, convenientes fachadas del olvido.
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