Por Jorge Izquierdo
Alguna vez en San Carlos conocí a una femme fatale. Se llamaba Eugenia pero todo el mundo le decía Keka. Caminaba por el filo del Parque Inglés puesta unos Pelileo Jeans bien ceñidos y sandalias como de gladiador romano, con unas tiritas que le subían por las pantorrillas. Tenía la piel oscura y el pelo negro como todos los que vivíamos por ahí. Nunca he podido entender ese negro tan intenso. Parece que hubieran sumergido nuestras cabezas en una tinta que nunca se seca del todo. Chorreamos el negro. No sé para qué puede servir tener el pelo así. La Keka, además, lo tenía liso y fino. Caía completamente recto sobre sus hombros. Siempre andaba sola. Y hasta donde yo sé, todo varón que jamás se involucró con ella terminó o muerto, o preso, o sacado la puta. Yo nunca me atreví, ni siquiera, a hablarle, aunque siempre que le veía me hacía las ilusiones. En mi cabeza, nuestros ojos se cruzaban, mientras yo compraba pan y ella cigarrillos en el micromercado El Búho. Luego me imaginaba que conversábamos y que ella me llevaba a su casa. La fantasía se difuminaba en ese punto porque no podía visualizar el interior del departamento donde vivía la Keka con su mamá, en el Bloque Napo. Lo máximo que hice una vez fue seguirle hasta la parada del bus sin que ella se diera cuenta o tal vez sí se daba cuenta. Tomé el siguiente bus que pasó pero me fue imposible ver en dónde se había bajado la Keka. Viajé sin sentido por la Occidental y llegué hasta el Parque de la Carolina.
Eso fue hace años. Cuando vivía en San Carlos. Me fui de ahí en el 2000. Mi vieja y yo. Vivimos juntos hasta ahora. Vivimos en Calderón. Yo trabajo distribuyendo los pastelitos que ella prepara. Los llevo a más de treinta tiendas y micromercados de la zona. Tengo una camioneta Mazda de los ochentas. En el balde de la camioneta construí un cajón de madera con compartimentos para las bandejas de pastelitos. Es un buen trabajo. Una época también estuve como cajero en un supermercado que se llamaba “Más”. Pero el supermercado cerró a los seis meses de que yo entré. No me gustaba tanto trabajar ahí. Tenía que usar un saquito de lana que me incomodaba. Y me enamoraba de la mayoría de las compradoras que llegaban a mi cajero. Era doloroso. Verlas pagar y partir sin una sonrisa, sin una onza de esperanza de que se hayan fijado en mí. Lo único bueno de ese trabajo fue que me pude comprar una tele y un DVD con la plata que ahorré. Ahora los tengo en mi cuarto. Una buena parte de la plata que me da mi vieja la gasto en películas piratas. Me gustan las películas futuristas, de ciencia ficción. Pero también veo bastantes películas porno. Intento comprar en diferentes partes para que no me miren raro. Yo no sé para qué ciertos almacenes venden películas porno si te van a mirar raro cuando quieres comprar una. A mí me incomoda todo ese trámite, pero he aprendido a sobrellevarlo porque odio repetirme una película porno. Cualquier otra película me repito pero una película porno que ya has visto una vez, nunca te vuelve a excitar de la misma manera. La última que compré se llama Femme Fatale 2. Se trata de una mujer rubia vestida de negro que camina por todas partes y anda siempre armada. Se llama Jennifer, le dicen Jen. Seduce a hombres y se acuesta con ellos. Mientras se están viniendo ella los mata con un disparo en el pecho. Entonces tiene su orgasmo. Es una película cruda. Nunca me llegué a excitar tanto porque la sangre no me excita, y había sangre a cada rato. Me gusta ver sangre pero no me excita. Bueno. Tampoco me puedo quejar. Hasta las partes en que Jen sacaba su pistola todo estaba muy bien. Me puse a escribir todo esto después de verla.
Tengo como trescientas o quinientas películas en total. Como dije, me gustan las de ciencia ficción pero tengo de todo. Películas de acción, comedias románticas, dramas, cine internacional, películas de terror, clásicos… Al comienzo compraba en VCD pero ahora sólo compro en DVD. Nunca pago más de dos dólares por película pero he estado en lugares que cobran hasta cinco. Tengo toda mi colección guardada en una caja que construí con estanterías y puertas. Puse un candadito que vino con tres copias de la llave. No me gusta que mi vieja entre a mi cuarto pero lo hace todos los días mientras yo estoy repartiendo pastelitos.
Probablemente, no voy a morir a causa de la mordida venenosa de una femme fatale pero de que voy a morir no hay duda. Por eso resulta extraño calificar a alguien en cuanto causa la muerte a quien se le acerca demasiado. ¿Qué persona no contribuye, a su manera, con el caballero de la guadaña? ¿Quién no lleva consigo, en cada instante, la danza de la muerte? Yo creo que todos somos fatales. Y si me dieran a elegir, me gustaría morir en una nave espacial. Pero dudo que llegue a ver eso. Si el cine de ciencia ficción no se equivoca, el futuro va a carecer de femme fatales como la de Femme Fatale 2. Las mujeres del futuro no van a tener tiempo para preocuparse por su atuendo ni por andar seduciendo. Van a estar muy ocupadas trabajando en naves espaciales y combatiendo a extraterrestres. Van a saber utilizar armas, eso sí. Y van a ser asesinas. Pero no van a asesinar para divertirse enfermizamente ni para humillarnos a nosotros los hombres. Van a matar como acto de sobrevivencia.
Mi película favorita de todos los tiempos es Alien, el octavo pasajero. La actriz que hace de la Suboficial de la nave espacial Nostromo, Ellen Ripley, es la mujer más hermosa que yo he visto en mi vida. Cuando la película está por terminar, Ripley se quita su ropa mugrienta y queda en interiores durante unos segundos que para mí son los segundos más gloriosos de todos los tiempos. Así va a ser la femme fatale del futuro, no como la Keka, no como Jen, sino como Ellen Ripley.
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