Porque siempre hay historias sobre ellas, de ellas, para bien y para peor. A continuación un desate en varios formatos de lo que ellas provocan y se provocan. Una noche, un sueño, un imaginario, una vida, atravesados los espacios y los tiempos por la fatalidad de su poderío.
Por Luis Monteros Arregui
La dama no espera
se viste cada noche y sale
oculta los recuerdos con labial
y borra sus ojeras
con colores de artificio,
su propio engaño
de no querer reconocerse
de ser otra como siempre.
Ha embrujado al espejo
para que no refleje su tristeza
ya no importa, el caminante se fue
el amor pasó de moda
ahora nadie espera, se dice
no vale la pena recordar.
No ha pasado mucho tiempo
para el amor el tiempo no existe
cuentan
ella ríe y no lamenta
el amor se fue tras sus pisadas
agonicé durante meses
y al fin he muerto.
Los muertos no saben de amor
solo de mortajas y culpas
mortajas que ocultan
culpas que se borran.
Vomita lujuria en los rostros de los transeúntes
se unta perfume para cautivar a los perros callejeros
para sentir el roce lascivo en sus tobillos
y las babas calientes que salpican en sus muslos;
muslos de cera, cantó el poeta enamorado,
gotas de canela en sus pechos.
No me dejes caer, le gritó una noche
no permitas que me vaya.
Pero él se fue entre sombras
ella miró desde su ventana
los caminantes siempre vuelven
pensó
pero la noche extravió sus pasos
la niebla perdió su rumbo.
Él jamás volvió, aunque quiso
ella nunca se asomó a la ventana
y ambos lloraron en silencio.
Esta noche la dama se desnuda para otro
se posa en otro vientre
uno ocasional
el que su instinto ha conseguido en suerte
el dolor se mezcla entre salivas
se esfuma en su pestilencia sexual
gemidos que ahogan lamentos
un cuerpo conocido se olvida
un sueño se interrumpe,
aquella promesa se pierde
con el suspiro final
Después recoge sus ropas
saca de sí el cuerpo ajeno
y se lava con sus lágrimas,
reproche de un cuarto vacío
La venganza se ha consumado.
Por Paulina Simon Torres
No he dicho la última palabra sobre las mujeres, creo que cuando una mujer logra sustraerse a la masa, es decir, sobresalirse por encima de ella, es capaz de engrandecerse ilimitadamente y más que los propios hombres
Arthur Schopenhauer
Abro los ojos con dificultad. Mi cuerpo caliente envuelto en una manta ocupa un costado mínimo de la cama. Me cuesta aclarar mis pensamientos, siento la cabeza pesada, la boca seca, las piernas entumidas. Descubro lentamente a la luz escasa de las 6 de la mañana la posición en la que me encuentro. Estiro el brazo y tanteo sobre el velador mis lentes. Me los pongo y empiezo a asociar las imágenes regadas en mi dormitorio con el dolor de cabeza: una botella de vodka a medias, un cenicero repleto de colillas, papel higiénico regado por la alfombra y debajo un sobre de color café con los resultados.
Me cuesta bajarme de la cama, me acerco lentamente al espejo y confirmo mi aspecto patético, mis ojeras dibujadas con el maquillaje corrido, los párpados violetas e hinchados de tanto llorar. No hay nadie. Estoy sola en la casa y sola en el mundo según dicta el vacío que tengo en el estómago.
Me dirijo a la cocina y preparo café. Recuerdo mejor el cuadro de la noche anterior, de los años anteriores, de mi vida con la velocidad de las ráfagas de nausea con sabor a vodka.
Tomo el café y agua con limón para que los próximos ataques de vómito sepan a cítrico y cafeína. Viejos trucos aprendidos de viejos hombres que solo conocí en libros.
Recojo el desorden, abro las ventanas y me encuentro una vez más con el sobre entre las manos. Lo abro y ahí está el útero vacío, endurecido, fibroso y en vías de extinción. En realidad, lo que veo es una mancha cavernosa, un túnel oscuro, un hueco solitario, una señal que se parece a las de los test sicológicos que jamás resolveré con creatividad. El diagnóstico reza una literatura técnica incomprensible, pero hay algo claro: tengo menos de un año para lograr un embarazo antes de que las fibras de mi útero se solidifiquen para siempre. Y decir un año es ser optimista.
En 35 años el único pensamiento que había alejado de mi mente era la maternidad. En mi vida intelectual profunda y deprimente no había lugar para úteros fibrosos solo para estudios de género, inventos románticos sobre misoginia y elegantes panfletos contra la dominación de la vagina en beneficio de la continuación de las especies. Que se acabe el mundo, que las mujeres no pariremos más hombres; que se acabe el mundo, que el amor no existe; que el sexo es una masa informe de derroches pasionales sin fin, ni finalidad.
Una vida destinada a atacar las relaciones edípicas de cientos de caballeros que desfilaron triste y anónimamente por mi vida. Estudios críticos, técnicos y literarios que justificaban el pánico al compromiso con el miedo a la mujer vampiro, a la vagina dentada que se come a los hombres, que acaba con su virilidad, con la voluntad y el espíritu. Las mujeres de mi construcción literaria fueron los monstruos míticos, las medusas, las brujas que hechizaron a Ulises, las bacantes bailando desnudas en trance y adorándose entre ellas, las hechiceras quemadas en la inquisición, la Celestina, Salomé, Clodia, Mata Hari, Mae West y luego en mi tiempo libre y privado fabriqué altares a la mujer moderna que podía ser perfectamente Carolina Herrera, Carry Bradshaw o Margaret Thatcher.
Todo sea por la noble causa de contradecir a Platón, abofetear a Schopenhauer y decirle a mi padre que las mujeres no somos el adorno social más políticamente correcto.
Deambulando por la vida con semejante filosofía hay que ser necesariamente una mujer liberal para no contradecir el estereotipo. Tenerlo todo, pero nunca dar nada a cambio. El amor es una trampa en la que nunca caí, aunque muchos cayeron por mi y experimentaron corazones exprimidos y maltratados de forma irreversible.
Ahora, con este sobre en las manos, sin nadie para amar y con una sensación de vértigo trágica entiendo que todo lo que quisiera es tener un hijo…claro que espero que no sea varón, pero…en fin.
Me miro en el espejo, me termino el café y decido: seré madre a como de lugar aunque aquella empresa traicione mi manoseado credo. Me convertiré en una mujer fatal de vestido ceñido, zapatos de taco, risa moderada y conversación atractiva. Mediré mi temperatura, antes de salir de la casa, olvidaré arbitrariamente los preservativos, no tomaré ningún trago para no arruinar la concepción.
Dibujo el cuadro en mi mente, abriéndome paso entre mis antiguos colegas, para buscar a algún recién graduado, fuerte, con esperma sana y no contaminada aún por la disquisición intelectual mezclada con alcohol. Caminaré hacia él y le soltaré alguna frase de mi repertorio shakesperiano, mientras inclino mis hombros blancos y delicados sobre los suyos, en un ademán de apareamiento. Empieza a interesarse, pero me reconoce: Usted no es la que escribió…. Sí, sí amor, pero eso fue hace mucho. Se enfría. Me tomo la molestia de buscarle un trago, de invitarle a bailar, aprovecho para sugerirle el camino hacia mis caderas, portadoras del útero en vías de extinción. Me dice que irá al baño. Conozco de memoria esa excusa, así que le sigo y le espero en la puerta para que no se largue con sus espermatozoides a donde no pueda alcanzarlos.
La noche es larga. Yo insisto en besarle el cuello y acercarme cálidamente a su lado. Hasta que finalmente se anima: A tu casa, pregunta. Claro amor, a mi casa, en la tuya están tus padres. Era un chiste, él lo toma mal. Tranquilo, es solo una broma. Hacemos el camino en silencio. Llegamos y mientras poso de mujer semidesnuda el joven alucina con mi colección de libros. Hora del chantaje emocional: – ¿Te gusta alguno?… – Todos, responde. – Elige uno, el que quieras, insisto. Es inteligente el padre de mi hija, escoge El libro del desasosiego, de Pessoa, una edición única que traje de Portugal. Solo sonrío y le digo: Buena elección, mientras le llevo hacia la cama. Sucede. Se viste, me agradece, se larga sin desayunar, se ha robado más libros, lo sé, lo vi mientras iba al baño. Quedan algunos días para saber si estoy embarazada. Sucederá. Lo sé.
El cuadro que he pintado es claro y verosímil en mi mente mientras sigo sentada en el filo de la cama con el sobre de los resultados en las manos, nadie a quien llamar, un año de plazo y un útero de hule que se retuerce en mis entrañas mientras desea que todo hubiera sido distinto.
Por Santiago Rosero
Maldita sea, es como esos petardos de mecha corta. ¡Boom! Listo. Es perversa. Fulminante.
Entró sonriendo más que todas. Su apariencia le venía bien. Le gustaba la noche, se le notaba. Llevaba maquillaje verde sobre los párpados, tal vez demasiado, pero lo suyo eran los excesos, estaba claro. Ahí andaba la rubia caliente con actitud de perra, parada sola en una esquina y llamando la atención del mundo entero. Whiskey en mano, el antebrazo levantado a la altura de su pecho, la muñeca caída casi con desprecio y el cigarrillo entre los dedos.
Yo también iba caliente. Como todas las noches cuando me lo propongo.
- ¿Estás aburrida?, le pregunté. – Pregunta ordinaria –pero eficiente como la coca-. Me sonrió y dijo que no. Continué pretendiendo mostrar cuán poco me importaban ella y su conducta displicente, pero sabía que al momento de irnos le preguntaría si quería venir conmigo. No lo hice así exactamente, pero lo hice. Y vino. Cruzamos un par de palabras antes de llegar. Es el sitio de la música de siempre, la gente y las intenciones de siempre. Le invité un trago de entrada, su postura me provocaba complacerla. En su sonrisa estaba la clave: ternura disfrazada de maldad, vandalismo recubriendo la fibra deleznable de su dulzura. Pero nos separamos. Cada uno jugaba su juego.
Yo bailaba con otras. Ella mostraba interés por alguien más y así jugando nos dividíamos la misión. Pero yo quería encargarme. Tenía que sacarla de ahí.
Mientras maquinaba el alcance mi conciencia empezaba ya a revolotear de pesadumbre. ELLA me miraba con su sonrisa infantil y parecía advertirme: lo verdadero te puede azotar.
La dama blanca me ayudaría a evadir la verdad, pensé.
Lo hice. Y el mundo cayó a mis pies.
Pasaron los minutos inútiles y decidí. Nada en ese punto iba a atentar contra mi osadía. Tal vez empezaba a aceptar que soy un miserable.
- Quiero más.
- Yo también.
Hacía falta aquello. Alejarnos de los testigos para desatarme sin riesgos en las periferias de mi hipocresía.
Quería tenerla conmigo en la cama, pero ni siquiera lo intenté. Aún estaba lejos.
Cargamos los sobres y regresamos. Sentí que empezaba a eludir los obstáculos. La capacidad empezaba a tener forma de hombre resuelto. De esos que arruinan las noches.
Bailamos, entonces, el flirteo de lo inevitable. Tal vez me siento muy poderoso, me dije razonando en medio de semejante trance, pero los resultados me han entregado su mala compañía,
- Sigamos la noche.
- Sí.
Para mí, eso significó: hasta el fin.
Bajamos hacia ese subsuelo implacable, el de la omnipotencia y el desagravio. Lóbrego como las tumbas.
Aparecieron los amigos gays. Oportunamente que lo hicieron. Simplemente me escucharon. Me desaté con la estúpida soltura de la narcosis y ellos alcanzaron a decirme: en Babylon todo se vale.
Su aval me sentenció porque el primer beso fue directo a su pecho. Repleto de confianza yo. Esa confianza que me hace desbaratar los cánones. La misma que luego me apuñala con su daga moral. La que me lleva a dudar de mí mismo.
Lo estaba confirmando: nada había más caliente que ella esa noche. La quería en mi cama, pero no en la nuestra. Le dije que nos fuéramos de ahí. La tomé de la mano entrecruzando nuestros dedos con desesperación y la llevé corriendo como si alguien nos siguiera.
Caída.
- Quiero ponerte las manos encima, ahogarme en tu pecho y provocarte convulsiones de dicha cuando mi lengua te moje los pezones.
Con luz mojigata y música traicionera en decorado, la arrojé sobre el sofá y le arranqué la camisa de un tirón. Me alcé un trago de vino y con la fuerza del escupitajo le empapé el rostro de tinto con saliva. Ella gemía de horror.
Con la impudicia recargada buscamos rematar la cordura, pero no lo hallamos. Ahora que lo pienso, creo que llevaba ya la desdicha en el alma, y me sentí perdido. Y cuando me siento perdido me cabreo y me retuerzo de dolor porque ese sentimiento, ese sentimiento… como que me obliga a aceptar mi decadencia.
De pronto, porque fue muy de pronto, le zafé el sostén. Posé mi mano sobre su seno y como alumbrada por el diablo ella dijo: ¡aquí!
Mi cara se agrandó de vicio y mi mano fue directo, sin pensar, a sentir su corazón. Quería imprimirle en sus entrañas la calentura de mi vida y dejar marcada en sus retinas el poder de mi quebranto… por ahí va el duro y el certero, a marcarte pa´ toda la vida, como cicatriz de pandillero…
Y le gustó. Armagedón se posó encima.
Quiso ducharse, y yo me alegré. Medio vestida se puso bajo el agua y estirándome del brazo me llevó a encarar mi pubis con el suyo. Serpenteamos ajustados, empapándonos con ropa, mojándonos por dentro. Terminé de quitarle el sostén y solo entonces, en medio del desvarío, caí en la cuenta de cómo mi mente sumergida ya en la carne había sido capaz de prolongar la fruición.
El resto fue demencia. Fue salvajismo y perversión. Al espejo me desconocí de rostro y a los sobresaltos de conciencia de espíritu me fracturé. ELLA venía como en espasmos para advertirme de la resaca, pero ahí mismo viraba la cara hacia la oscuridad buscando perderme en lo inevitable. Y lo lograba.
Hasta que tuve que pagar con la hombría. ¿O debería decir con la falta de ella?
Nunca antes mi miembro se había negado a elevarse ante locura semejante. Pero en eso, hubo espacio para pensar, y entonces me dije: bien hecho, hijo de puta, ¿y qué tal si un día el que no se levanta eres tú enterito?
Pausa.
- Y así la vida, Bermúdez, me dice Germán, el poeta, convaleciente en su camilla de hospital.- Sabes, quisiera no pensar, pero la carga es mayor que el intento. Quisiera oscurecer el mundo para poder no verme a mí mismo en su porquería. Aunque tal vez debiera aceptar que mi vida es el mismísimo caos. Y que de mí depende el mundo que me tiro encima. ¿Tú qué piensas?
Silencio.
- Bermúdez, ¿has visto la película No estoy hecho para ser amado? – Stéphane Brizé, 2005.
Por Bolívar Lucio
A plena luz del día el lugar parece haber desaparecido. No sé si la entrada podrá estar en cualquiera de esas calles que terminan en un portón vigilado, puede ser; tengo la impresión de que en el valle todo es más grande de lo que aparenta su fachada exterior. Debe ser lo mismo con las historias que por fuera parecen más grandes; pero lo único cierto es que no pueden repetirse, si lo hicieran bastaría que se ordenaran las piezas de la misma manera y entonces la reunión en la plaza, la excusa para vernos al otro día, el fracaso que se veía venir al buscar información en una oficina y que nos llevó al café de la cuadra, daría el mismo resultado.
No puedo ver la fachada de nuestra historia, aunque cuando tomo la carretera que lleva a la ciudad, detengo la mirada en donde supongo está ese barrio caro que reconozco como un punto, en tiempo y espacio, en el que nunca estuve más lejos ni extrañé tanto. Sin fallar, paso de largo, y como no me da nada, olvido que escogí un lugar para mis supuestos y al día siguiente escojo otro, o el mismo sin que recuerde ya lo había escogido, ni que me confirme si en realidad el barrio está ahí, talvez porque no me hace falta estar lejos de donde nunca llegué, ni puedo extrañar lo que no tuve.
Fueron tres días sin dormir y lo que captaron mis sentidos empezaba a ser distinto. Percibía los sonidos como se escucha, flotando en una piscina, la voz de alguien hablando desde la orilla. Entendía las palabras, su significado e intención, pero venían de lejos, aletargadas. Eso y nada más, era la conversación del mundo que me había expulsado; pero ese paso de cortejo, hizo que se le prestara atención, sin detenerme en detalles, pero tratando de penetrarla. Esa voz, desde la orilla repitió tres veces: “¿Estás bien?”. No contesté. Comprendía la pregunta y para ella había un, “Sí, bien”, pero me interesaba escuchar la pregunta de nuevo, tres sílabas, como un balón rebotando en cámara lenta.
“Bien, sólo un poco cansado”, dije cuando llegamos y caminé a la entrada de la casa. Recordé que había abierto la ventana del auto porque me alcanzaron un cigarrillo encendido, enésimo del día, que fumé con la misma avidez del primero, sin parar, sin descanso, calada tras calada, hasta que tiré la colilla a la carretera, me subí la capucha del buzo que usaba y me dormí unos minutos, sin pensar en el aire que entraba a través de la ventana abierta, olvidando a dónde me llevaban. “¿Dónde mierda…?”.
–¿En dónde estamos María Antonia? –pregunté.
–Es la fiesta de cumpleaños de una ex compañera de la universidad. Y me llamo Daniela, amigo.
Tal vez sí me hacía falta dormir un poco.
Flanqueé un corredor, había cuadros originales y esculturas de la Colonia. Luces cenitales, pintura malva en el techo, después, una puerta de cristal y madera, abierta a una terraza. Ese paisaje, contraste en el país de contrastes. Fuera, junto a las veredas, había autos parqueados, nuevos, veloces, prescindibles, de los que se cambian cuando se estrellan a cien kilómetros por hora en la carretera que lleva al valle. En las casas vecinas, más luz de la que hacía falta en todas las ventanas, no tenían cerramiento y cualquiera podría entrar pisoteando los cuidados jardines. “Mierda”, dije para mis adentros, “yo que no tengo miramientos de clase”.
Cecilia apareció.
–¿Qué haces aquí? –esperaba esa pregunta.
–No sé.
–¿Cómo llegaste, cómo así…?
–No sé.
Tan claro que no pertenecía al lugar. La noche anterior me había acostado a las cinco de la mañana, a las siete me topé con que no tenía agua caliente, así que me puse una camiseta, los jeans del día anterior y me cepillé los dientes antes de salir, y esa noche me rodeaban bodoques de camisa y pantalones de vestir, hembras, deliciosas y fútiles, en blusas escotadas, zapatos de tacón, jeans de cadera. Nada, un trago. Hay que reconocer que se tratan bien. En la fiesta había un barman de chaleco y corbatín, calvo y fornido, con manos enormes, la derecha enrojecida porque con ella sacaba cubetas de una hielera azul. Me sentí como un esquizofrénico hablándole a un barman imaginario. Sobre la mesa, ron nicaragüense y vodka finlandés.
–¿Señor?
–Vodka tonic.
Había bebido la noche anterior y toda la mañana en una reunión; sentía el mal sueño y el alcohol, pero el vodka tonic era excelente. Una chica, amiga de alguien que conocía, cuyo nombre no puedo recordar, me miró, preguntó, “¿Eso es vodka?”, “Sí”. Me quitó el vaso de la mano y se echó un trago largo. “Si pido uno para mí sola, me emborracho”. La suya era ya una borrachera bien avanzada, de modo que la precaución me pareció, sobre todo, entretenida. A zancadas de ebrios, atravesamos todas las formalidades de las presentaciones, enterándonos, para olvidarlo enseguida, de la vida del otro. Me dijo su nombre, contó lo que hacía y cosas por el estilo; pero supe que sería la mujer de la noche cuando interrumpió la conversación para decir.
–Lo que le hace falta a esta fiesta es un porro.
–Vamos –le dije.
Nos sentamos en la mesa que abandonaron unos profesores universitarios y su séquito. Habían dejado dos botellas de vino tinto, abiertas y apenas empezadas. Mi estómago pensó en la caja y media de vino que consumimos en la mañana. “Me quedo con el vodka”, concluí. Al final, esa noche conversé muy poco porque mi nueva amiga dijo, como hablándose a sí mismo en voz alta: “Soy una experta”. Sacaba de su cartera una cajita de metal y de ella la bolsa de marihuana y los papeles de enrollar. “Pero, tiene que ser con filtro. Yo fumo con filtro”. Me pidió que arrancase una tirita de cartón de una cajetilla de cigarrillos, se la alcancé. Su virtuosidad y vasta experiencia, duraron treinta segundos más. Baboseó el papel hasta inutilizarlo y regó toda la hierba que había sacado.
–Presta –le dije.
–Pero yo fumo con filtro.
Vi desaparecer el porro encendido entre un grupo de oportunistas, sólo le había dado unas caladas.
–¿Armo otro? –pregunté a la dueña de la hierba.
–Otro, otro pues –contestó.
Mi nueva amiga desapareció. Me quedé fumando solo hasta que un nuevo grupo de oportunistas, llegó atraído por el aroma. Yo, volaba. Pensaba en que hace un mes me había soltado la mala noticia a quemarropa (otro tipo, un viaje, la despedida) y en que, en ese momento, todo estaba lejos de preocuparme. Era un perfecto extraño, un extraño borracho, en una fiesta de antifaces (además eso: el esnobismo y las fiestas temáticas). No debo ser injusto, hasta entonces, mala noticia por delante, la había pasado bien. De hecho, tenía mi propio antifaz. No era la notable máscara de carnaval veneciano de otros concurrentes, pero tenía el decoro y la gracia de la creación artesanal: Daniela me la hizo en diez minutos, con tijeras, cartulina blanca y esferográfico azul, con el que garabateó que, a fin de cuentas, nada bueno puede durar más que dos peces de hielo en un whisky on the rocks.
El lugar se fue llenando de gente. Qué cara habré tenido. Recuerdo que, de casualidad, me encontré con Randy, hermosa sonrisa, peinada con el pelo estirado hacia atrás y sujetado en un moño alto; detrás de su antifaz burdeos parecía una integrante del Ballet de Moscú. Debimos encontrarnos esa mañana en la reunión, pero Randy faltó. De repente estaba ahí, me habían contado de ella, sin hacerle favor como lo comprobaba. Sin que ella atinara a reaccionar, le pasé una mano por el pelo. Abrió los ojos, creo que intentó leer lo que tenía escrito mi antifaz y pasó a preguntarme detalles sobre el encuentro que, desde luego, no supe dar. Un tipo, su novio, estupefacto por mi arresto, intentó hacer algún comentario reivindicativo cuando le estreché –sin preocuparme por devolverle el comentario– la mano falsa.
Seguí encontrando caras conocidas. En un momento de la noche, luego de horas de tortura reggaetonera (bien usufructuadas dicho sea de paso), pusieron salsa. Vi a la ex de un amigo sentada en el bordillo de una jardinera. Me había sacado el antifaz, pero mis ojos enrojecidos y vidriosos no debieron ser menos llamativos. Quise pensar que esa gente no sabe bailar. Yo tampoco, es cierto, pero al menos le pongo alma. Mi pobre amigo pasó un mes consumiéndose en sus propias cenizas por la mujer con quien bailaba. No tiene la culpa, Gabriela tiene dientes diminutos y la boca pequeña; pero olía bien, con la mano muy baja sobre su espalda ajusté el abrazo para asir la línea de su cintura. No le dije ni media palabra y ella no se animó a preguntar nada. La piel abrigada, recuperando el aliento cada vez que dejábamos de dar vueltas, forzando la resistencia con pasos rápidos, la sensualidad, su pelo claro golpeándome la cara, otra vez esa mirada directa, callados, también la música, otra vez reggaetón.
–Oye, gracias.
–Sólo a ti –contesté.
Busqué otro trago y salí de la casa. Apoyé el vaso sobre el capó de un auto. La silueta oscura de las lomas bajas del valle, contrastaba con el resplandor de la ciudad, “¿María Antonia?”. Recordé que me contó de ese punto, a medio camino entre las montañas y la bahía, desde dónde se puede ver todo el valle de Palma. “Desde arriba, Mallorca parece la cabeza de un caballo”, había dicho esa mañana sentada frente al escritorio en mi estudio. Dibujó el perfil de su isla con mi pluma, sobre un cuaderno. La soledad del viento, el silencio de los espantapájaros, sólo eso y nada más.
Lo que quedaba de vodka gorgoteó al escabullirse entre los hielos. Entré.
Dentro el panorama –excepto el impecable barman que seguía preparando tragos–, había cambiado. El descanso de las escaleras que conectaban a la terraza con el jardín, era el escenario improvisado de un travesti que cantaba una canción de Gloria Gaynor. Cuando terminó de cantar, se encargó de la premiación de los antifaces. En la final, los antifaces del carnaval de Venecia y el de Daniela (su antifaz era idéntico al mío, excepto por la inscripción). Ganó, por supuesto. Botella de tequila el premio.
–Ese don de gente. Tan tuyo –Daniela se rió a carcajadas y se tomó a pico el primer trago. Luego me alargó la botella.
–Salud ¿Ya te vas?
–Cuando se acabe la botella –Se rió otra vez. Como me conoce, me quitó la botella y se perdió entre la gente.
Cecilia me dio un aventón de regreso a la ciudad. Nunca supe dónde estuve ni cómo llegué. Iba para el cuarto día sin dormir. Ahora estaba en el fondo de la piscina. Cecilia me esperaba. De ella volví a escuchar la misma pregunta: “¿Estás bien?”. Dije que no tengo miramientos de clase, pero como había encontrado la puerta del baño atrancada, de salida oriné en los faros posteriores de un auto deportivo blanco.
Podría preguntar a los amigos que esa noche estaban o a la amiga que me hizo el favor de llevarme a casa, pero ni siquiera frente al lugar sería capaz de reconocer o, si lo reconociera, de recordar mi recuerdo; así que no digo nada y ahora que debo tomar la carretera que lleva a la ciudad para ir al trabajo y la misma para volver a casa, solo sigo suponiendo que un lugar es otro y lo que hay detrás de las, a veces, convenientes fachadas del olvido.
Por Jorge Izquierdo
Alguna vez en San Carlos conocí a una femme fatale. Se llamaba Eugenia pero todo el mundo le decía Keka. Caminaba por el filo del Parque Inglés puesta unos Pelileo Jeans bien ceñidos y sandalias como de gladiador romano, con unas tiritas que le subían por las pantorrillas. Tenía la piel oscura y el pelo negro como todos los que vivíamos por ahí. Nunca he podido entender ese negro tan intenso. Parece que hubieran sumergido nuestras cabezas en una tinta que nunca se seca del todo. Chorreamos el negro. No sé para qué puede servir tener el pelo así. La Keka, además, lo tenía liso y fino. Caía completamente recto sobre sus hombros. Siempre andaba sola. Y hasta donde yo sé, todo varón que jamás se involucró con ella terminó o muerto, o preso, o sacado la puta. Yo nunca me atreví, ni siquiera, a hablarle, aunque siempre que le veía me hacía las ilusiones. En mi cabeza, nuestros ojos se cruzaban, mientras yo compraba pan y ella cigarrillos en el micromercado El Búho. Luego me imaginaba que conversábamos y que ella me llevaba a su casa. La fantasía se difuminaba en ese punto porque no podía visualizar el interior del departamento donde vivía la Keka con su mamá, en el Bloque Napo. Lo máximo que hice una vez fue seguirle hasta la parada del bus sin que ella se diera cuenta o tal vez sí se daba cuenta. Tomé el siguiente bus que pasó pero me fue imposible ver en dónde se había bajado la Keka. Viajé sin sentido por la Occidental y llegué hasta el Parque de la Carolina.
Eso fue hace años. Cuando vivía en San Carlos. Me fui de ahí en el 2000. Mi vieja y yo. Vivimos juntos hasta ahora. Vivimos en Calderón. Yo trabajo distribuyendo los pastelitos que ella prepara. Los llevo a más de treinta tiendas y micromercados de la zona. Tengo una camioneta Mazda de los ochentas. En el balde de la camioneta construí un cajón de madera con compartimentos para las bandejas de pastelitos. Es un buen trabajo. Una época también estuve como cajero en un supermercado que se llamaba “Más”. Pero el supermercado cerró a los seis meses de que yo entré. No me gustaba tanto trabajar ahí. Tenía que usar un saquito de lana que me incomodaba. Y me enamoraba de la mayoría de las compradoras que llegaban a mi cajero. Era doloroso. Verlas pagar y partir sin una sonrisa, sin una onza de esperanza de que se hayan fijado en mí. Lo único bueno de ese trabajo fue que me pude comprar una tele y un DVD con la plata que ahorré. Ahora los tengo en mi cuarto. Una buena parte de la plata que me da mi vieja la gasto en películas piratas. Me gustan las películas futuristas, de ciencia ficción. Pero también veo bastantes películas porno. Intento comprar en diferentes partes para que no me miren raro. Yo no sé para qué ciertos almacenes venden películas porno si te van a mirar raro cuando quieres comprar una. A mí me incomoda todo ese trámite, pero he aprendido a sobrellevarlo porque odio repetirme una película porno. Cualquier otra película me repito pero una película porno que ya has visto una vez, nunca te vuelve a excitar de la misma manera. La última que compré se llama Femme Fatale 2. Se trata de una mujer rubia vestida de negro que camina por todas partes y anda siempre armada. Se llama Jennifer, le dicen Jen. Seduce a hombres y se acuesta con ellos. Mientras se están viniendo ella los mata con un disparo en el pecho. Entonces tiene su orgasmo. Es una película cruda. Nunca me llegué a excitar tanto porque la sangre no me excita, y había sangre a cada rato. Me gusta ver sangre pero no me excita. Bueno. Tampoco me puedo quejar. Hasta las partes en que Jen sacaba su pistola todo estaba muy bien. Me puse a escribir todo esto después de verla.
Tengo como trescientas o quinientas películas en total. Como dije, me gustan las de ciencia ficción pero tengo de todo. Películas de acción, comedias románticas, dramas, cine internacional, películas de terror, clásicos… Al comienzo compraba en VCD pero ahora sólo compro en DVD. Nunca pago más de dos dólares por película pero he estado en lugares que cobran hasta cinco. Tengo toda mi colección guardada en una caja que construí con estanterías y puertas. Puse un candadito que vino con tres copias de la llave. No me gusta que mi vieja entre a mi cuarto pero lo hace todos los días mientras yo estoy repartiendo pastelitos.
Probablemente, no voy a morir a causa de la mordida venenosa de una femme fatale pero de que voy a morir no hay duda. Por eso resulta extraño calificar a alguien en cuanto causa la muerte a quien se le acerca demasiado. ¿Qué persona no contribuye, a su manera, con el caballero de la guadaña? ¿Quién no lleva consigo, en cada instante, la danza de la muerte? Yo creo que todos somos fatales. Y si me dieran a elegir, me gustaría morir en una nave espacial. Pero dudo que llegue a ver eso. Si el cine de ciencia ficción no se equivoca, el futuro va a carecer de femme fatales como la de Femme Fatale 2. Las mujeres del futuro no van a tener tiempo para preocuparse por su atuendo ni por andar seduciendo. Van a estar muy ocupadas trabajando en naves espaciales y combatiendo a extraterrestres. Van a saber utilizar armas, eso sí. Y van a ser asesinas. Pero no van a asesinar para divertirse enfermizamente ni para humillarnos a nosotros los hombres. Van a matar como acto de sobrevivencia.
Mi película favorita de todos los tiempos es Alien, el octavo pasajero. La actriz que hace de la Suboficial de la nave espacial Nostromo, Ellen Ripley, es la mujer más hermosa que yo he visto en mi vida. Cuando la película está por terminar, Ripley se quita su ropa mugrienta y queda en interiores durante unos segundos que para mí son los segundos más gloriosos de todos los tiempos. Así va a ser la femme fatale del futuro, no como la Keka, no como Jen, sino como Ellen Ripley.
Usted, tesorito infame
Elegante figura de la lascivia
Usted que me acurruca con su tonada letal
Y me hace ver estrellitas de pura malvada
Agítese nomás con esa cadencia que la vuelve infinita
Y no se le ocurra menguar su instigador hálito de hechicera
Camine nomás por el mundo mostrando cuán verdugo puede ser su caminar
Pierna y pechuga al tuntún del Sanjuán
Descalabrando el más fraguado concepto de moral
Con usted todo se puede
Con usted todo se logra
Mírese ahí, calentando el aire y proyectando con el espejo de sus botas la mojigatería sobre quienes la miran con desidia
Camine nomás por el mundo, alegrando corazón, vida y pundonor
Usted, amor, senderito del alma
Fotos y texto: Santiago Rosero
Una noche en el Mayo 68. Está sola. Su amiga de siempre hace tres veranos que no viene. Sabe que el vestido no le queda tan bien como hace 20 años, y está consciente de que hoy la conquista es más díficil que antes. Sin embargo, esta ahí, mirando, desplazándose por el bar o descansando con un bloody mary en la parte mas vistosa de la barra. Eso vuelve aún más rimbombante la teatralidad que siempre ha tenido. Hoy escota más su vestido, pinta de un rojo más carmin sus labios, vuelve más sensuales sus miradas y más penetrantes sus instintos.
Ilustración y texto: Manuel Kingman






